Los que ordenan en los restaurantes


Me incomodan el tono de voz y la actitud (que cuando son sutiles me molestan más) con que algunas personas ordenan a los meseros que les traigan lo que exigen siempre tan caprichosamente y, muchas veces, con la presuntuosa explicación médica: “tengo colon irritable, así que sin picante, por favor”. ¿Cómo describir la musiquita y el modo del “por favor” y el acento con el que enfatizan “colon irritable”, como si fuera el único colon temperamental del restaurante y del universo de colones y restaurantes? Parece que la persona que ordena, no pide (pedir exige nobleza y humildad); más bien aprovecha ese poder súbito para sentirse atendida como espera. Para eso paga ––piensa–– mientras enmuñona los labios escogiendo con displicencia y luego arrepintiéndose y explicando porqué su pedazo irritante de intestino manda en la mesa, mientras el mesero ––o la mesera–– espera y observa y también piensa y se irrita secretamente.


Servir parece traer consigo un componente jerárquico bastante equívoco. Se da por sentado que quien le sirve a otro asume estar por debajo de quien es servido. También, una cosa que sirve es porque está supeditada al propósito del que la usa. Es decir, en el servir hay un uso de la cosa para que un propósito ajeno a ella se cumpla. La equivocidad está en confundir el servicio de una cosa con el de una persona. Hoy estamos todos muy alerta con aquello de sentirnos usados. Eso nos ofende, degrada, hiere y molesta. Sin embargo ––y es algo que observo con frecuencia–– hay personas que creen que un mesero es una cosa sirviente para que el plato de comida, la sal y la cuenta, lleguen a la mesa de su colon melindroso, porque está ahí para eso; para servir. Sospecho de quienes continúan hablando de sus intimidades como si la mesera no estuviera presente. La persona que sirve, según el canon del colon irritable, tampoco oye. Sólo debe recibir la orden como un autómata.


¿Por qué hay personas a quienes les gusta que les sirvan otros? Trato de analizar esto. Parece una especie de síndrome del colonizador. Una pequeña oportunidad de sentir que dominan algo, o que someten a un inferior. El que ordena en el restaurante bajo esta alucinación, se siente aventajado desde su estúpida posición de control y mando. Pero lo que más me llama la atención es cuando no se dan cuenta de que eso es lo que les pasa; de que desde afuera así es como se les oye y se les ve; cuando dan por hecho que esa es la correlación de fuerzas entre un mesero y un cliente y actúan naturalmente su tranquila superioridad. ¡Yo siento vergüenza tan sólo de pensar que me están sirviendo! Pero no crean que me confundo. Servir bien a otras personas no tiene nada que ver con que la mesera, en este ejemplo, haga bien o mal su trabajo. Puede ser la peor mesera del mundo o la más incompetente (como seguramente lo sería yo, pues me parece un oficio muy exigente y difícil). No quiero poner la lupa sobre lo “mal entrenados” que pueden estar los meseros, sino sobre el cliente del colon aristocrático; aquel decente que no es directamente grosero pero exuda un perfume superior suavísimo que lo impregna todo con su clasismo ancestral. Quiero mirar con microscopio al que borra al otro; al que lo da por inexistente, no porque sea un mal mesero, sino precisamente porque le está sirviendo.



Servir es un acto más complejo que atender mesas en un restaurante o ser empleadas del servicio doméstico. Estoy convencida de que, cuando se trata de personas, sólo deberían servir –o ser llamados sirvientes– quienes lo deciden vocacionalmente y sin exigir contraprestación alguna, lo cual es distinto a ser empleados que, por supuesto, merecen ganar un salario por trabajar. Servir, en su acepción más ética, tiene sentido si es un acto de libertad. De otro modo no merecemos el honor de ser sirvientes ni mucho menos llamarnos de tal forma. Es preciso poner el ser al servicio del bien de otro, para honrarnos con un título tan respetable como ese. Entonces, no nos engañemos tratando a las personas como si fueran nuestros sirvientes, pues la decisión de servir es personal e intransferible y no hay plata en el mundo con qué pagarla.