Estratos sociales






A mi pareja, un hombre holandés, le produce curiosidad aquello de que los colombianos nos dividamos en estratos sociales. En su país, la gente que gana un salario alto usa el transporte público junto al resto de ciudadanos, y los hijos de unos y otros estudian en escuelas estatales. De la misma forma, edificios de apartamentos de lujo se construyen al lado de condominios de viviendas populares. Y mientras en Colombia “la alta sociedad” asocia la noción de lo popular a la pobreza, la chusma, el mugre, el desorden, los malos modos, la grosería, el crimen y el caos, en Holanda lo popular parece estar más ligado a la música, la moda y el arte. (No estoy idealizando ese país, sólo me llama la atención aquella particular diferencia. No se puede soslayar que, en Europa, los inmigrantes de países azotados por las guerras que ella misma crea conforman la más baja de todas las clases).


A mí lo de los estratos me parecía de lo más normal. Luego, fui ahondando en el significado de la palabra “normal” y todo fue cobrando un nuevo sentido. Los hábitos que se repiten sistemáticamente se convierten en norma, o sea, en una regla incapaz de medirse a sí misma. La norma, entonces, es un hábito sobre el cual no se reflexiona casi nunca, por muy indigno que sea. En fin, yo consideraba muy normal que existiera una diferencia cualitativa entre los ricos aristócratas con abolengo (los nuevos ricos no entraban ahí) y los que no lo eran. Hoy entiendo que, para efectos administrativos, la clasificación técnica pueda ser necesaria, pero no lo es que se transmute en un aspecto de discriminación social basado en la “clase” a la cual cada persona, supuestamente, pertenece.


Yo, por ejemplo, tenía claro que mi estrato social en Cali era por ahí entre 4 y 5. Mis padres constituían una pareja muy “popular” en las clases altas y recontraaltas, pero, económicamente, tuvieron muchas dificultades y quiebras que no les permitieron matricular a sus tres hijos en los colegios más caros. Aún desde mi relativa condición de privilegio se marcaban los límites entre las familias tradicionalmente ricas y el resto. Yo me sentía inferior a los niños Lloreda, Éder, Carvajal, Sardi, Domínguez, Cabal o Caicedo, no solamente porque sus padres tenían más dinero, sino porque a esos apellidos los respaldaba una historia de poder que les acreditaba una hegemonía incuestionable y natural. Así debía ser. Era la norma.


No me siento tan ajena al resentimiento social que le atribuyen algunos ricos a los pobres y al que tantos millonarios temen, con su asco pulcro y bien educado, por demás. Yo lo experimenté muchas veces en Cali cuando salí por un tiempo corto con un joven de familia rica de larga tradición. Me herían su aire de suficiencia, su “buen gusto”, la superioridad que le otorgaba su casa solariega y rodeada de jardines, su inglés impecable y sus códigos de humor clasista, de los cuales me sentía totalmente excluida. Yo trataba de ir refinando lo que consideraba “mañé” (era un término que mi hermana Adriana y yo usábamos mucho; significa “de medio pelo”, no precisamente ordinario, sino revelador de que no se pertenece a la clase alta); sin embargo, nunca pude deshacerme de la sensación de que había algo en mi manera de presentarme que al muchacho le avergonzaba.


También era consciente de que, por aquello de los estratos, nosotros, los de 4-5, éramos los ricos para los de 3-2-1 (yo creía que el estrato cero existía: el de los mendigos, el de los nadie). Teníamos “muchachas del servicio” ––casi siempre negras–– y, mal que bien, podíamos, de vez en cuando, rozar los cielos de los estratos altos tratando de parecernos a los ricos, como lo dictaba y lo sigue dictando el arribismo de nuestra cultura.


No puedo evitar traer a cuento esta frase acuñada por Francia Márquez: “...hasta que la dignidad se vuelva costumbre”. Costumbre, hábito, norma. La dignidad como norma del vivir para que desde ahí partamos todos y así emprender, ojalá con éxito, las actividades, profesiones y negocios que queramos. Tanto los ricos (no veo inmoralidad en serlo) como los menos ricos. Tanto los que nacen en la opulencia (¿qué culpa tienen?), como los que no. Lo asombroso es que Colombia es un país opulento; aquí no debería haber ni un pobre sino, en cambio, muchos más ricos. Colombia entera es “estrato 20” porque le sobran recursos invaluables que nos pertenecen a todos sus ciudadanos. No creo que haya indignidad en que unos tengan más plata que otros, pero sí me avergüenzan la estratificación excluyente y la historia que así lo dispuso como norma. Cómo no sentir un orgullo enorme al observar en la elección de Francia como vicepresidenta, una señal inequívoca de que, como sociedad, estamos cambiando, por fin.