Gajes de la verdad y de mi oficio

Lunes, 31 de enero, 2022

10:17 a. m. Lugar: habitación del hotel. Roma.



A veces no me alcanza el cuerpo que tengo (¿o el cuerpo que soy?) para aguantar la felicidad. Cuando es mucha, casi se parece a la angustia, la emoción que más conocen mis vísceras. Por estos días no he podido dormir, o más bien, no he querido. Hacía rato no me gustaba absolutamente todo de un sólo proyecto. Tampoco había estado rodeada de un tipo de belleza casi insoportable y no quiero perderme de esa experiencia extrema por estar durmiendo. Hoy salí a dar un paseo y a pocas cuadras de este hotel me encontré con la plaza en donde está la iglesia de San Francesco a Ripa. Adentro, en una de las galerías, Bernini dejó a una santa en pleno orgasmo beatífico. Eso merece una entrada aparte. Salí temblando de ahí.



Hoy tengo clase de italiano romano con una profesora. Debo tomar tres horas diarias de aquí a que filmemos. Ella me dijo algo que vale para cualquier idioma: es la música, el canto de la lengua, lo que da sentido a los diálogos. Las palabras en sí no importan tanto. La entonación es lo que otorga verdad a lo que se dice. Esto es algo que muchos intuimos y para los actores es una de nuestras más importantes premisas. Se puede decir "te detesto" con música de "te amo" o con música de "no me importas" y siempre, siempre, el mensaje que llegará será lo segundo. El sonido de las palabras es el caballo donde va montada la verdad de lo que se dice.




No creo que la verdad pase por el intelecto. La verdad parece más bien una cuestión de correspondencia entre cualquier emoción auténtica y su expresión en el cuerpo. O, por lo menos, es la única verdad en la que puedo creer por el momento. Cuando la emoción es el cuerpo, aparece el rostro mismo de la verdad, tan incontestable que no puede ser una deducción lógica ni una cadena de razonamientos decible en palabras. Si una frase dicha pretende comunicar una verdad, nada menos eficaz que dejar a la palabra seca, erudita y sin líquido, sin aire. La palabra: ese signo arbitrario, histórico y político. Según esta reflexión –que no pretende ser una afirmación–, el asiento de la verdad probablemente esté en los intestinos, en el pecho, en el útero, en los testículos, en el estómago o en el corazón físico, contráctil y muscular, no en el corazón abstracto del que hablan las canciones. La verdad se mueve entre todo lo celular, lo endocrino, lo háptico, lo sexual, lo nervioso, lo mineral, lo eléctrico y lo mecánico de los cuerpos existentes. Habita en el hecho de la vida que pulsa en los órganos de todo lo que palpita. Si esa verdad orgánica quiere ser transmitida a través de la melodía del discurso, éste debe cabalgar al riendazo de la emoción-jinete-auriga-gobernante y revelarle la verdad también a quien intenta expresarla, como si fuera un mensaje de otro mundo. Porque sí; el propio cuerpo es un oráculo, un túnel hacia un más allá (o mejor, hacia un más acá inconmensurable) al que se debe ir a preguntar por aquello que la razón impaciente no puede obtener si no hace silencio de una vez por todas.

Más tarde tendré clase de salsa. En la historia que se cuenta en esta película, que empezará a rodarse en un par de semanas, madre e hijo se comportan casi como una pareja de amantes. Se aman y se detestan y les apasiona bailar juntos. Debemos aprender a bailar tan coordinadamente como una pareja curtida y cocinada en 37 años, la edad de mi hijo.


Aquí con el coreógrafo Jairo Ugarte:



Apenas estoy pensando sobre qué voy a escribir en la próxima columna. Me viene mucho la idea de explicar porqué estaría dispuesta a tragarme todos los sapos inmundos que entren a la coalición del Pacto Histórico, incluyendo el conejo que le hicieron a Francia Márquez al no cumplirle la promesa de incluir a miembros de su movimiento en la lista al Senado. Ojalá a los abejorros que entraron se les pudiera hacer lo mismo si no están dispuestos a ayudar a parar esta guerra.