Querida Amparo:




Qué buena oportunidad me estoy dando para decirte unas cuantas sinceridades. Este género en particular, el de la epístola, tiene la virtud de facilitar la precisión de lo que se quiere comunicar, especialmente cuando va dirigida a una sola persona. Aunque este texto sea público, lo llenaré de todo lo que conlleva escribirle a alguien en privado cuando ese alguien es admirado profundamente por quien lo redacta. Ese “todo lo que conlleva” tiene que ver con la autenticidad que no puede faltar cuando es el tono propio del ser el que se transcribe en las palabras.

Supe de tu vida porque salías en televisión. Luego, tuve la oportunidad de trabajar con vos y, desde ahí, nos ha tocado soportar juntas los insultos y burlas por haber tenido el atrevimiento de cumplir años.

El motivo de esta carta es ahondar un poco más en el sentimiento de admiración que me inspirás, no necesariamente ciego. Se puede admirar a alguien, incluso este maldito mundo, con todas sus imperfecciones. Busqué la etimología de la palabra “admirar”. En latín “ad” significa “hacia”, “aproximación” y viene de una raíz más antigua que alude a “cerca”. Mirari (admirarse) viene de mirus: “maravilla”, “milagro”, “mirífico”, que tiene un origen asociado con “reír” y “sorprender”. Según mi propia interpretación, admirar es, entonces, mirar de cerca una maravilla, presenciar un milagro, aproximarse a algo sorprendente y reír de asombro ante lo inusitado.

Sos la primera mujer-revolución que vi en mi vida. Aunque no me esté refiriendo a “revolucionaria” en sentido ideológico, debo decir que tu posición asertiva como mujer dueña y orgullosa de su poder sexual fue una declaración política de extremo impacto para mí. Quise unirme al grupo de las mujeres como vos que, simplemente siendo ellas mismas, sacuden las estructuras de las normas expresamente configuradas para impedirlo. Eso fue lo que me mostraste desde el primer momento sin dar cátedra ni consejos; apareciendo en mi consciencia, y en la de todo un país, como un fenómeno de mujer autónoma y volcánica desde la coronilla hasta la punta de los pies. Este acontecimiento me sigue ocurriendo cada vez que sé de vos, aun cuando me regañás por Twitter o comentás cosas que no te gustan de mí en las entrevistas que te hacen. La forma en que manifestás tu desacuerdo o tu molestia conmigo no consigue deshacer el milagro de haberte mirado directamente a los ojos, besado, y corroborado que la mujer que desafiaba con su sola presencia a una sociedad mojigata como la colombiana, era, sigue y seguirá siendo una maravilla real, viviente.

No olvidaré jamás un gesto tuyo de inmensa bondad del que hablé hace poco en un hilo de Twitter. En una clínica veterinaria había muerto mi perro “Lalo”, por exceso de anestesia, y vos tuviste la generosidad de acompañarme y exigirle una explicación al médico, con tus propias lágrimas.

Quiero aclarar que mi fascinación no obedece a un agradecimiento por favores que me hiciste y que me sirvieron. Tampoco quiero hacerme “la buena”; no creás que no puedo llenarme de razones para regañarte de vuelta. Lo que me ocurre es que la totalidad de lo que sos y representás para mí, me quita las ganas de hacerlo.

Una última cosa, para terminar. No podría decir que hemos construido una verdadera amistad porque en ella los obstáculos se tramitan en la intimidad valiente de la conversación y de corazón a corazón. Aunque te dejo el mío en este mensaje, no te lo envía una amiga, sino una admiradora incondicional pero consciente de tu humanidad en todos sus claros y oscuros colores. Por eso te voy a volver a gritar esto en tu cara: mujer divina, mujer de carne y hueso, ¡nunca te callés!


Margarita Rosa