Incoherencias



A quienes se asomen a leer esto, les aviso que este texto está lleno de incoherencias.


A algunos les parece incoherente que yo viva en Estados Unidos mientras “pregono el comunismo”. Si así fuese, tendría hasta más sentido hacerlo desde el corazón mismo del capitalismo. Pero no. Lo que pregono es un deseo muy básico: frenar la masacre colombiana. La incoherencia mía es mucho más fundamental que esa anecdótica y burda reducción al absurdo y consiste más bien en querer seguir participando en un proyecto tan incomprensible como el de la humanidad; esta triste humanidad que la historia nos viene proponiendo y que yo califico como incoherente, precisamente porque no la comprendo. Y así hacemos muchos. Declaramos incoherente aquello que no entendemos.


Un acto enteramente coherente, según mi limitadísimo juicio, sería desaparecer, o suicidarme; opciones que no contemplo todavía porque, como le pasa a Clarice Lispector (mi traga literaria y a la única a quien he leído expresándolo con tanta perfección), la alegría –también incoherente e incomprensible– con la que me despierto cada día, es mi venganza contra Dios o contra esa Cosa que nos tiene aquí. Pero miren como lo dice ella: “...Porque es una infamia nacer para morir no se sabe cuándo ni dónde. Voy a estar muy alegre, ¿me oyes (Dios)? Como respuesta, como insulto”.











En cuanto a la mía, se trata de una alegría involuntaria que nada tiene que ver con la felicidad, pues tampoco creo en ella. Mi alegría es una suerte de perplejidad permanente que no desconoce el drama en el que estamos metidos. Se parece más a un estado de reconocimiento de que vivir es algo realmente muy pequeño y que cada momento ínfimo es toda la vida que tengo. Es bastante incoherente esto de vivir entusiasmada a pesar de no creer en el futuro del mundo ni admirar esta especie a la que pertenezco que, con razón o sin razón, destruye todo lo que la mantiene viva.

¿Que una raza atente contra sí misma siendo consciente de ello no es de una incoherencia suprema? ¿Divina? ¿Puede haber un contrasentido más inconmensurable que ese? ¿No es la base de todas las incoherencias? Debo recordarme una vez más que es porque no entiendo nada que me lo pregunto. Pero sigo.

Somos, además, primates vergonzantes. Creímos que éramos especiales hasta que supimos que no estábamos genéticamente tan lejos de los chimpancés. Somos una especie ambigua, tal vez de transición, que no termina de aceptar que no se entiende a sí misma, y llena el vacío con absolutos de emergencia; una especie incoherente hasta el delirio, que no es ni una cosa ni otra, que no sabe cómo articular eso de tener una pata en el universo irracional de los animales y un pie en la zona en donde reflexiona sobre ello; una especie que no ha podido encontrar el equilibrio entre el miedo y el amor. De ahí en adelante es muy difícil que cualquier manera de justificar nuestra forma de lidiar con la vida resulte enteramente coherente. Cualquier nuevo invento, avance científico o forma de progreso, trae consigo su sello tanático. Todo lo que el ser humano interpreta sirve al Bien y al Mal, con el agravante de que ambos polos son construcciones morales que cambian de valor indiscriminadamente a través del tiempo, confundiendo a generaciones enteras de seres humanos aterrorizados; todo el lenguaje descansa sobre la tierra movediza de la incoherencia, de la contradicción, de la no correspondencia con lo real. ¡Ni siquiera nos hemos puesto de acuerdo sobre qué es lo real!

Yo creo en la causa perdida de la comprensión. Aunque nunca se llegue a comprender algo totalmente, al intentar hacerlo, por lo menos hay diálogo, hay escucha, hay habla, hay arte. A esa disposición a penetrar en lo incoherente también le llamo filosofía. Otra forma de mi alegría.