Notas sobre el cuerpo, la universidad y algo más




Domingo, 20 de febrero.

Hora: 2:33 p. m.

Lugar: habitación del hotel en Roma.


No sé cómo voy a hacer con tanta cosa. Ahora mismo tengo tres frentes que atender:

1. Universidad (entré a quinto semestre de filosofía).

2. Personaje de la película en Roma.

3. Seguir alimentando el imperiódico.


Ninguno de los tres es una obligación para mí. Al contrario, me mueven el ánimo tan intensamente que, por pura garosería (no confundir con "grosería"; o bueno, sí, por qué no), no quiero privarme de ninguno en este momento.





Quinto semestre de filosofía en la

Universidad Nacional Abierta y a Distancia UNAD


De la U, sólo les cuento que inscribí cuatro materias, lo cual es un poco mucho para este momento (creí que la película se iba a retrasar por la pandemia): Antropología filosófica, Hermenéutica, Filosofía del Arte y un Seminario para ir explorando, desde ya, todo lo concerniente a la elección del tema de la tesis. ¡Lo máximo! Miren mi programa académico cómo va de hermoso (lo que no está marcado con X es lo que me queda por hacer):






Magdalena, mi personaje en esta película



Nunca había trabajado con este nivel de detalle. Llevo tres semanas ensayando –y falta otra– antes de que empecemos a rodar, sin contar los seis meses anteriores a mi llegada aquí. Me ha impactado la manera como el director trabaja conmigo para llegar al alma de una mujer que me obliga a desestructurar totalmente el marco dentro del cual he acomodado mi cuerpo para ser "Margarita Rosa". He tenido que volver a aprender a caminar, a estar. Casi siento que el director me entrena como si estuviera amansando una yegua. Las sesiones duran tres, cuatro horas, con el objetivo de desarmar mi cuerpo para aprender a acomodar sus piezas en otro lugar de mi mente y de mis emociones. Eso, la mente y las emociones ensamblan nuestro cuerpo de múltiples formas.

Indudablemente hay un personaje que construimos para andar por el mundo y a eso le llamamos "identidad". Ahora, mi identidad, esa otra gran cárcel de nuestra cultura, esa penetrante obsesión de Occidente, está en entredicho. He tenido momentos en que me siento tan aferrada a aquello que conozco para ser esa que llamo"Margarita Rosa", que me dan ganas de salir corriendo aterrorizada de esta ciudad escandalosamente hermosa, ante la dificultad que implica para mí deshacer mi disfraz de Margarita y mis prejuicios con respecto a mi apariencia física. He llegado a pensar que no sirvo para ser actriz, que ojalá me dé un síncope –o algo– antes de que comencemos a filmar. La identidad es ese relato que nos protege de la angustia que sobreviene ante las infinitas posibilidades de ser (¿será que entendí a mi amado Kierkegaärd en ese pedazo?) Lo que estoy experimentando en carne propia es aquello de que nuestros cuerpos son construcciones culturales, sicológicas; patológicas, digamos. O, no sé. He tenido que identificar cómo son la sicología y paleta emocional de Magdalena para traducirlas en su andar, en su postura, en el movimiento de sus piernas, en el peso de sus caderas, en su modo de bailar, de pararse, de hablar, de emitir la voz, de sonreír, de gritar, de estar callada, etc., pero, de paso, me confronta a mí con mis propias manifestaciones corporales.


La verdad está anclada en el cuerpo de cada individuo. Un cuerpo que, antes de emitir una sola palabra, lo dice todo.


Así es como trato de estar corporalmente como Margarita Rosa (mi camiseta está tan apretada que se me ven sólo las costillas y nada de tetas):


Así debe hacerlo Magdalena:


¡Eso va en contra de todo lo que he querido representar con mi cuerpo! Auch. No me ha dado tan duro verme la cara ajada como el hecho de adoptar ese tono laxo en los músculos. Raquel, el personaje de Paraíso Travel, era tan monstruoso, que se acercaba casi a la caricatura; me pusieron prótesis en la nariz, dientes postizos y usaba lentes de contacto que cubrían toda la superficie del ojo con la parte blanca tupida de vasos reventados; me daba risa, lo veía lejano de mí. En cambio, Magdalena puedo ser yo, fácilmente. Cara y cuerpo sin más ayuda que una que otra pincelada de maquillaje y un cambio de eje en el balance.


He tenido (sufrido) dos cirugías de columna; mi espalda es bastante rígida porque la tengo soldada con tornillos desde la mitad hasta el coxis (me duele un poco acostumbrarlo a no erguirse). La idea es que Magdalena debe caminar con los hombros hacia adelante, la barriga afuera y el culo para adentro. Es una mujer vencida por la gravedad terrestre y la de su propia vida, su cuerpo se dirige al centro de la tierra. Como Margarita, tengo una postura que lucha contra la fuerza de gravedad, hago un esfuerzo por estar derecha, por tratar de unir mis escápulas y meter el estómago; trato de que mi postura sea "elegante". Me resisto a abandonarme. Magdalena, por su lado, es una señora de 65 años, o quizá un poco menos, que no pone su atención en cómo debe mostrar su cuerpo a otros. Es una mujer que no está preocupada por su estatus social. No sabe lo que es hacer de su cuerpo un show mediático, como lo he hecho yo durante toda mi vida.


 

Otro ejercicio interesante que hice en estos días fue vestirme con la ropa del personaje y caminar por las calles de Roma como si fuera ella. Estuvo muy divertido. Es curioso que este tipo de mujeres rotas y disparatadas como Magdalena o La Ranga o Raquel, me conecten también con una zona de liberación, fuera de los límites de mi personal caracterización pública. Es hermoso romper con el deber ser y no merecer "sanción social" por ello.




Me la paso haciendo experimentos en mi cuarto. Me filmo. Me voy enamorando poco a poco de esta pobre mujer que puedo ser yo. Busco su carcajada...




…y su alegría cuando baila con el hijo...


Ahí voy. Tengo días mejores que otros pero el trabajo es enriquecedor y poético. Creo que si la película se cancelara y nunca se presentara, ya valdría la pena para mí haber estado aquí. Lo que he descubierto y aprendido no tiene precio.