MAURICIO GÓMEZ



Esta es una columna que le escribí a Mauricio el 11 de agosto de 2017.

Hace quince días, cuando salieron al aire por el Canal 1 sus reportajes sobre la vergonzosa situación de Cartagena, recordé cómo, por allá en los 80, yo esperaba la parte del Noticiero 24 horas en la que él aparecía como reportero y cronista —aunque era también el director—, denunciando casos de corrupción y delitos contra el medio ambiente, uno de sus temas preferidos, entre muchos otros relativos a injusticias que todavía lo desvelan, como el lamentable asesinato de su padre.

Me encantaba su voz reconfortante, pastosa y dulce a la vez, y la autoridad que de por sí imponía el simple hecho de haber tocado y amasado con sus propias manos la realidad que quería contar. También su actitud, tan humilde, casi indefensa, diría yo, con que se paraba ante la cámara, sumergido hasta el cuello en la noticia misma, para descubrir heridas desde algún lugar olvidado de la Colombia más profunda, con la integridad y la mística de los misioneros.

El tiempo pasó y, un día, con la misma sencillez, tocó la puerta de mi casa en Bogotá para proponerme presentar el noticiero junto a él. En ese entonces, mi carrera como actriz había despegado pero yo no lo sabía, así que, sin haber completado mis estudios de Comunicación Social, acepté honrada y confiada en el criterio de Mauricio, a quien traté de no defraudar.

Día a día en los consejos de redacción y cada noche, leyendo las noticias a su lado, yo confirmaba lo que había adivinado a través de la pantalla. Para él, el periodismo era y sigue siendo una especie de apostolado, una experiencia vivencial honda y comprometida, no una feria loca de titulares impactantes que se encandelillan unos a otros.

Quizás sea su otro gran talento como pintor y escultor lo que me hace verlo como un buscador de la belleza en su sentido más puro; esa que se asocia con la verdad y que veo tan reflejada en la inocencia y elegancia de sus obras plásticas como en la ética absoluta de sus informes periodísticos.

No sé qué tanto le guste a Mauricio que lo haya puesto como sujeto de esta columna para agradecerle y declararle cuánto lo admiro y quiero, sabiendo lo mucho que evita ser el centro de atención, a pesar de que sus creaciones artísticas y sus investigaciones exhaustivas sobre asuntos de interés nacional le han concedido premios y toda clase de reconocimientos.

Pero, no pude evitarlo, y, afortunadamente para mí, él tampoco.